¿Cómo impactan en el ambiente las imágenes de ChatGPT estilo estudio Ghibli?
Transformar una simple selfie en una imagen digna de una película de Studio Ghibli se ha convertido en una de las tendencias más virales del momento. Las redes sociales se llenaron en cuestión de horas de retratos mágicos, coloridos y nostálgicos, como si fueran escenas sacadas directamente de películas como Mi vecino Totoro, El castillo ambulante o El viaje de Chihiro. El motor detrás de esta tendencia es la inteligencia artificial, especialmente modelos de generación de imágenes como los integrados en ChatGPT. Sin embargo, detrás de esta explosión de creatividad y entretenimiento existe un impacto ambiental considerable que ha pasado desapercibido para la mayoría.
Lo que muchos no saben es que estas imágenes, aparentemente inofensivas, están cargadas de consecuencias ecológicas que van desde el consumo excesivo de agua hasta una elevada demanda energética. Según estimaciones recientes, en solo cinco días de popularidad masiva, esta moda generó más de 216 millones de litros de agua consumida. Para ponerlo en perspectiva, esta cantidad es suficiente para abastecer durante un mes a una ciudad pequeña. Y todo por recrear retratos con un filtro estético.
Pero, ¿cómo se llega a estos números tan abrumadores? Para entenderlo, es necesario conocer cómo funcionan los sistemas de inteligencia artificial que generan imágenes. Cada vez que un usuario solicita una imagen al estilo Ghibli (o cualquier otro estilo), su petición pasa a través de servidores ubicados en grandes centros de datos. Estos centros están llenos de potentes unidades de procesamiento gráfico (GPU), que realizan los cálculos necesarios para interpretar la solicitud del usuario y generar la imagen final.
El problema es que estas GPU generan una enorme cantidad de calor mientras trabajan. Y para mantenerlas operativas, los centros de datos necesitan sistemas de refrigeración muy eficientes. Aquí es donde entra el agua: en muchos casos, se utiliza agua para enfriar los servidores, ya sea mediante sistemas de evaporación directa o mediante refrigeración líquida cerrada. En ambos casos, el recurso hídrico se convierte en una necesidad constante.
Según un informe reciente, cada imagen generada con IA puede implicar un consumo de hasta 3,45 litros de agua. Esto no solo incluye el agua evaporada en los procesos de enfriamiento, sino también la que se reutiliza y recircula en los sistemas. Y si multiplicamos esa cifra por los millones de imágenes que se generaron durante la tendencia estilo Ghibli, se entiende por qué el impacto ha sido tan preocupante.
Además del consumo hídrico, también hay que hablar del consumo energético. Crear 1.000 imágenes con inteligencia artificial requiere aproximadamente 2,9 kilovatios hora (kWh), lo que equivale a cargar un teléfono inteligente más de 130 veces. Aunque puede parecer poco a nivel individual, el impacto se multiplica exponencialmente cuando se convierte en una actividad masiva a nivel mundial. Por si fuera poco, este alto consumo de energía también implica una mayor emisión de dióxido de carbono (CO₂), especialmente si esa energía proviene de fuentes no renovables. Por ejemplo, un modelo avanzado como Stable Diffusion XL puede llegar a emitir hasta 1.594 gramos de CO₂ por cada mil imágenes generadas.
De hecho, se estima que los centros de datos son responsables de entre el 1% y el 1,5% del consumo total de electricidad a nivel mundial. Y en lugares como Arizona o Utah, donde muchas empresas tecnológicas tienen sus centros operativos, la situación se complica aún más debido a la escasez de agua. En estas regiones áridas, el uso intensivo del recurso hídrico para enfriar servidores entra en conflicto directo con la necesidad de conservar el agua para el consumo humano y la agricultura.
Todo esto ha generado una discusión urgente sobre el uso responsable de la inteligencia artificial, especialmente cuando se trata de herramientas recreativas. Las imágenes al estilo Ghibli han conquistado el corazón de millones por su estética encantadora, mezcla de nostalgia y fantasía. Pero mientras las personas compartían sus retratos mágicos en redes sociales, pocas se detenían a pensar en lo que había detrás del telón digital.
El impacto fue tan masivo que incluso Sam Altman, CEO de OpenAI, tuvo que reaccionar. Según declaraciones recogidas por medios especializados como The Verge, Altman admitió que las GPU de la empresa estaban “derritiéndose” debido al volumen exagerado de solicitudes de generación de imágenes. Esto obligó a la compañía a tomar medidas rápidas y contundentes: limitar el acceso a la función para los usuarios gratuitos y reducir la cantidad de imágenes que se podían generar por día, incluso para quienes pagaban por el servicio.
Pero ese no fue el único problema. Además del impacto ambiental, OpenAI también se enfrentó a acusaciones por derechos de autor. Muchos señalaron que las imágenes generadas imitaban demasiado de cerca el estilo de Hayao Miyazaki, el legendario director de Studio Ghibli, quien sigue vivo y activo. Aunque en teoría es legal inspirarse en un estilo artístico, la línea entre homenaje y copia es muy delgada cuando se trata de inteligencia artificial.
La empresa implementó un filtro que impide generar imágenes con el nombre de artistas vivos. “Hemos añadido una denegación que se activa cuando un usuario intenta generar una imagen al estilo de un artista vivo”, confirmó la compañía. Sin embargo, los usuarios rápidamente descubrieron que el sistema no siempre funcionaba, y que bastaba con reformular un poco la petición para obtener el resultado deseado.
Esta polémica pone sobre la mesa varios temas que no se pueden ignorar: el uso responsable de la IA, el respeto por la propiedad intelectual y, sobre todo, la sostenibilidad ambiental. ¿Deberíamos seguir usando estas herramientas sin considerar su huella ecológica? ¿Es razonable consumir miles de litros de agua para crear una imagen que, aunque hermosa, solo tendrá unos segundos de atención en redes sociales?
No se trata de demonizar la inteligencia artificial ni de abandonar por completo estas tecnologías. Han demostrado ser herramientas poderosas y creativas, con un potencial inmenso en educación, arte, medicina y muchos otros campos. Pero como cualquier avance tecnológico, deben ser utilizadas con moderación y conciencia. Tal vez la solución esté en informar mejor a los usuarios, promover límites razonables de uso y buscar alternativas más eficientes y sostenibles desde el punto de vista energético y ambiental.
Por más bellas que sean las imágenes estilo Ghibli, su belleza no debería ocultar el precio ecológico que implican. Si queremos seguir disfrutando de lo que la IA tiene para ofrecer, será necesario equilibrar la magia con la responsabilidad. Porque no hay imagen más hermosa que la de un planeta sano.