Epecuén, la historia del pueblo que resurge de las aguas.
Las ruinas de Villa Epecuén constituyen uno de los paisajes más impactantes y singulares de la Argentina. Se trata de una ciudad que estuvo sumergida durante años bajo las aguas de una laguna hipersalina y que, con el paso del tiempo y los ciclos naturales, comenzó a reaparecer lentamente. Hoy, sus calles blancas de sal, los esqueletos de edificios y los árboles petrificados conforman un escenario tan desolador como fascinante, que atrae a visitantes de todo el país.
La historia de Epecuén se remonta a mucho antes de la fundación del pueblo. Los pueblos originarios que habitaban esta región ya conocían la laguna y la valoraban por sus propiedades curativas. Con el paso de los años, diversos estudios confirmaron que el agua poseía una altísima concentración de minerales, comparable incluso con la del mar Muerto. Esta particularidad le otorgaba cualidades terapéuticas muy apreciadas, especialmente para afecciones reumáticas y de la piel, y sentó las bases de lo que sería su desarrollo turístico.
Los primeros años y el descubrimiento de la laguna
A fines del siglo XIX, la llegada del ferrocarril a la zona fue clave para el crecimiento de Carhué y sus alrededores. En 1899 comenzaron a llegar personas atraídas por las supuestas virtudes de la laguna, muchas de ellas con problemas de salud. Ante esta demanda, surgieron hoteles, pensiones y servicios que trasladaban a los visitantes hasta la costa para realizar los baños termales, que en un principio eran muy rudimentarios y se hacían calentando el agua en grandes recipientes.
Entre 1915 y 1919 se registraron importantes precipitaciones que elevaron el nivel de la laguna y disolvieron parte del manto salino. Este fenómeno llevó a imaginar la posibilidad de establecer un pueblo estable en sus orillas. En 1921 se inauguró el primer balneario y, al año siguiente, se realizó un loteo que dio origen al nombre “Mar de Epecuén”, antecedente directo de la futura villa.
El auge turístico y el esplendor de Epecuén
Durante las décadas siguientes, la villa creció de manera sostenida. Se construyeron hoteles, residencias, comercios, una escuela y una iglesia. Establecimientos como Las Delicias, Royal o Parque se convirtieron en símbolos del lugar. A partir de 1925, una empresa minera impulsó un ambicioso proyecto hidrotermal inspirado en los centros europeos, que incluyó un edificio para baños termales, un espigón y hasta una usina eléctrica. Las sales extraídas de la laguna se comercializaban en todo el país, reforzando la importancia económica del sitio.
Epecuén vivió dos grandes momentos de esplendor. El primero, a comienzos del siglo XX, cuando era elegido por familias acomodadas. El segundo, a mediados del siglo pasado, cuando se transformó en un centro turístico masivo que llegó a competir con destinos tradicionales de la costa atlántica. Un tren diario colmado de turistas llegaba al pueblo, atraídos no solo por las aguas, sino también por su vida social, los bailes, los paseos nocturnos y la presencia de figuras del espectáculo.
Modernización y resurgimiento previo a la tragedia
Hacia fines de la década de 1960, Epecuén mostraba signos de desgaste. La infraestructura había quedado obsoleta y muchos hoteles no se habían modernizado. Sin embargo, las autoridades decidieron relanzar el destino con una fuerte inversión. Se pavimentaron calles, se renovó la iluminación, se mejoraron los servicios y se promocionó el lugar a nivel nacional. El resultado fue un crecimiento explosivo que llevó a recibir hasta 25.000 turistas durante las temporadas de verano.
Este nuevo impulso devolvió a Epecuén su protagonismo y consolidó su identidad como centro termal y vacacional. Nadie imaginaba entonces que, pocos años después, el mismo elemento que había dado vida al pueblo sería el causante de su desaparición.
Las causas de la inundación
La laguna de Epecuén forma parte de un sistema de lagunas encadenadas y, además, es endorreica, lo que significa que no tiene salida natural hacia el mar. El agua solo disminuye por evaporación o infiltración, lo que explica su elevada salinidad. Estas características, sumadas a períodos de lluvias intensas, provocaban fluctuaciones importantes en su nivel.
En la década de 1980, gran parte de la provincia de Buenos Aires sufrió inundaciones. El nivel de la laguna comenzó a subir de manera preocupante y se construyó un terraplén de contención para proteger al pueblo. Sin embargo, la noche del 10 de diciembre de 1985, el muro cedió. El agua avanzó rápidamente y los habitantes debieron evacuar de urgencia, dejando atrás sus casas y pertenencias. Con el paso de los años, el nivel siguió creciendo hasta cubrir completamente la villa bajo más de diez metros de agua salada.
Epecuén después del agua
Durante casi dos décadas, Epecuén permaneció sumergida. Recién a partir de un período más seco, el agua comenzó a retirarse lentamente y las ruinas emergieron. Lo que quedó fue un paisaje fantasmagórico: edificios corroídos por la sal, estructuras retorcidas y calles irreconocibles. Lejos de desaparecer del todo, el pueblo renació como un sitio de memoria y atracción turística.
Hoy, Epecuén recibe visitantes interesados en conocer su historia y recorrer un lugar único en el país. Las propiedades de la laguna siguen convocando a quienes buscan bienestar, pero el principal atractivo es caminar entre las ruinas y observar cómo la naturaleza y el tiempo transformaron el antiguo balneario.
Qué ver y cómo recorrer las ruinas
El acceso a las ruinas se realiza desde Carhué, bordeando la laguna por un camino que permite detenerse en distintos puntos panorámicos. La visita es autoguiada y, al ingresar, se entrega material informativo para orientarse. La antigua avenida de Mayo marca el inicio del recorrido, desde donde se pueden identificar los edificios más emblemáticos.
En muchos sectores hay carteles con explicaciones y fotografías que muestran el antes y el después del pueblo. El contraste entre el pasado próspero y el presente en ruinas resulta impactante. La recomendación es recorrer el lugar sin apuro, perderse por sus calles y llegar hasta la orilla de la laguna, donde el agua sigue retrocediendo y deja al descubierto nuevos restos del antiguo Epecuén. Es una experiencia que combina historia, reflexión y un paisaje difícil de olvidar.



