Gota: cómo reducir el riesgo de ataques y proteger la salud de las articulaciones
El dolor articular repentino, especialmente cuando aparece durante la noche y se localiza en el dedo gordo del pie, suele ser una de las señales más características de la gota. Muchas personas describen esta molestia como tan intensa que incluso el simple roce de la ropa resulta difícil de tolerar. Este cuadro no surge al azar: la gota es una forma de artritis asociada a la acumulación de cristales de ácido úrico dentro de las articulaciones, lo que desencadena inflamación, rigidez y un dolor marcado.
El ácido úrico es una sustancia que el cuerpo produce al descomponer las purinas, compuestos presentes de manera natural en ciertos alimentos y bebidas. En condiciones normales, este ácido se elimina a través de los riñones. Sin embargo, cuando se produce en exceso o el organismo no logra eliminarlo de forma adecuada, sus niveles en sangre aumentan y favorecen la formación de cristales. Con el tiempo, estos pueden depositarse en las articulaciones y provocar los conocidos ataques de gota.
La prevención juega un rol fundamental para reducir la frecuencia e intensidad de estos episodios. Uno de los pilares es el cuidado de la alimentación. Limitar el consumo de bebidas alcohólicas, especialmente cerveza y licores, así como de productos endulzados con fructosa, puede marcar una diferencia importante. En su lugar, priorizar el consumo de agua ayuda a mejorar la eliminación del ácido úrico y a mantener el equilibrio del organismo.
También es recomendable moderar la ingesta de alimentos ricos en purinas, entre ellos las carnes rojas, las vísceras, los mariscos y algunos pescados. Esto no implica eliminarlos por completo en todos los casos, sino consumirlos con criterio y bajo orientación profesional, especialmente en personas con antecedentes de gota o niveles elevados de ácido úrico.
Otro aspecto clave es el peso corporal. Mantener un peso saludable contribuye a reducir la carga sobre las articulaciones y mejora el metabolismo del ácido úrico. La actividad física regular, preferentemente de bajo impacto como caminar, nadar o andar en bicicleta, ayuda no solo al control del peso, sino también al bienestar general. Es importante evitar ejercicios excesivamente intensos durante un ataque agudo, ya que pueden agravar la inflamación.
La hidratación adecuada es otro factor esencial. Beber suficiente agua a lo largo del día favorece la función renal y facilita la eliminación del ácido úrico a través de la orina. Este hábito simple, pero constante, puede convertirse en un aliado silencioso para prevenir nuevas crisis.
Más allá de los cambios en el estilo de vida, el tratamiento médico cumple un papel central. Los medicamentos indicados por un reumatólogo permiten controlar el dolor, reducir la inflamación y, en muchos casos, disminuir de forma sostenida los niveles de ácido úrico en sangre. Seguir el tratamiento de manera adecuada es fundamental para evitar complicaciones a largo plazo.
Cuando la gota no se controla, pueden aparecer problemas como los tofos, que son depósitos visibles de cristales bajo la piel, el daño articular progresivo o incluso la formación de cálculos renales. Estas complicaciones no solo afectan la movilidad y la calidad de vida, sino que también pueden generar consecuencias más amplias para la salud.
La educación del paciente es una herramienta poderosa. Comprender qué es la gota, por qué ocurre y cómo influyen los hábitos diarios permite tomar decisiones más conscientes. La combinación de alimentación equilibrada, hidratación, actividad física, control del peso y seguimiento médico constituye la base más efectiva para prevenir los ataques y convivir mejor con esta condición.
Adoptar estos cuidados no solo ayuda a reducir el riesgo de episodios dolorosos, sino que también protege la salud de las articulaciones a largo plazo. La gota puede ser una enfermedad manejable si se la aborda con información, constancia y un enfoque integral centrado en el bienestar general.

