La singular historia del niño que le dio vida a E.T.

La historia detrás de E.T., el extraterrestre es, en muchos sentidos, tan extraordinaria como la propia película. Cuando Steven Spielberg se embarcó en la realización del filme a comienzos de la década de 1980, tenía claro que el corazón de la historia no serían los efectos especiales, sino la emoción. El reto consistía en lograr que una criatura proveniente de otro mundo transmitiera ternura, vulnerabilidad y una humanidad capaz de conmover a millones de espectadores. Sin embargo, la tecnología disponible en aquel entonces imponía límites evidentes.

El equipo técnico, encabezado por el artista italiano Carlo Rambaldi, trabajaba intensamente en el diseño del muñeco animatrónico que daría forma al extraterrestre. Aunque los mecanismos permitían ciertos movimientos faciales y corporales, el resultado todavía lucía rígido y artificial frente a la cámara. Faltaba algo esencial: naturalidad. Fue entonces cuando surgió una idea poco convencional que cambiaría para siempre la historia del cine: complementar la animatrónica con la actuación física de una persona real dentro de un traje.

La búsqueda fue muy específica. Necesitaban a alguien de baja estatura, con una contextura que le permitiera desplazarse dentro del traje sin que el artificio resultara evidente. Así fue como el equipo consideró realizar un casting en un centro de fisioterapia. Allí apareció el nombre de Matthew DeMeritt, un niño de 11 años que había nacido sin piernas y que desde pequeño se movía apoyándose en sus brazos. Nunca había actuado ni soñaba con hacerlo; su forma de desplazarse era simplemente parte de su vida cotidiana.

La productora Kathleen Kennedy supo de él a través de uno de sus médicos y lo invitó a realizar una prueba. Durante el casting lo midieron, lo filmaron y le pidieron que caminara sobre las manos. Para Matthew, aquello era algo íntimo, un modo de movilidad que rara vez mostraba en público. Sin embargo, ese movimiento natural, fluido y equilibrado fue precisamente lo que convenció al equipo de que habían encontrado la pieza que faltaba.

Mientras tanto, Rambaldi afinaba los detalles estéticos del personaje. Se inspiró en los ojos brillantes y húmedos de su gato, en la textura delicada de la piel de un recién nacido y en ciertos rasgos faciales que evocaban a Albert Einstein para aportar sabiduría y dulzura. El resultado fue una criatura de apariencia frágil pero profundamente expresiva. A esa construcción visual se sumó la dimensión física que Matthew aportó desde el interior del traje.

El vestuario de E.T. estaba confeccionado en goma, con una superficie ligeramente húmeda para que reflejara la luz de manera particular ante las cámaras. La cabeza del personaje descansaba sobre la del niño, y una pequeña abertura en el pecho le permitía ver hacia el exterior. Para desplazarse, Matthew elevaba su torso apoyándose en las manos y avanzaba con un balanceo que se convertiría en una de las señas de identidad del extraterrestre. El calor dentro del traje era intenso, incluso antes de que se encendieran los potentes focos del set. Una vez colocado, debía entrar por la cabeza y permanecer allí hasta que la escena concluyera.

No fue el único intérprete que dio vida al personaje. También participaron Tamara De Treaux y Pat Bilon, quienes aportaron distintos matices y movimientos. Sin embargo, muchas de las escenas que implicaban caídas o acciones bruscas quedaron a cargo de Matthew. Tanto De Treaux como Bilon tenían condiciones físicas que hacían riesgosas esas secuencias. En cambio, Matthew, acostumbrado a sostener su cuerpo con los brazos, podía caer y levantarse con mayor seguridad.

Entre los momentos más recordados en los que participó se encuentra la escena en la que E.T., tras beber cerveza, se tambalea como si estuviera ebrio y termina desplomándose. También aquella de Halloween en la que un destello de cámara lo sobresalta y lo hace caer al suelo. Esos movimientos, espontáneos y orgánicos, aportaron una dimensión que ningún mecanismo mecánico podía reproducir con la misma autenticidad en aquellos años.

A pesar de la exigencia física, Matthew recuerda el rodaje con afecto. Spielberg se preocupaba por su bienestar y mantenía un ambiente cercano y lúdico, especialmente con los niños del elenco. En los descansos, podían jugar en su oficina, donde había videojuegos, mientras el director atendía reuniones. Esa atmósfera contribuyó a que el joven se sintiera protegido y valorado.

Tras el estreno y el éxito mundial de la película, Matthew regresó a una vida discreta. No buscó convertirse en actor profesional ni capitalizar su participación en la industria. Sin embargo, la experiencia tuvo un impacto profundo en su autoestima. Durante el rodaje entabló amistad con Henry Thomas y Robert MacNaughton, quienes interpretaban a Elliott y a su hermano. Al volver a la escuela, notó que el acoso que sufría disminuyó considerablemente. Haber formado parte de un proyecto tan significativo le dio seguridad y una nueva percepción de sí mismo.

Con el paso de los años, Matthew eligió un camino alejado de los reflectores. Vive a unas horas de Los Ángeles junto a su familia, se desempeña como profesor de inglés en la universidad, practica básquet en silla de ruedas y compone música. Es admirador de Rowan Atkinson y conserva la colección completa de Blackadder y Mr. Bean.

Aunque participó ocasionalmente en producciones independientes —entre ellas Cyborg 2, una de las primeras películas de Angelina Jolie—, nunca persiguió una carrera estable en el cine. Prefirió que el recuerdo permaneciera centrado en el personaje y no en su figura.

En aniversarios importantes de la película, como el 40.º celebrado en 2022 en el Teatro Chino TCL de Hollywood, volvió a encontrarse con antiguos compañeros y a compartir anécdotas. Hoy se muestra orgulloso de haber sido parte esencial en la creación de uno de los personajes más queridos del séptimo arte. Aunque su rostro nunca apareció en pantalla, su particular forma de moverse quedó grabada en la memoria colectiva. Cuando millones de personas recuerdan la frase “E.T. phone home”, también evocan, sin saberlo, el esfuerzo silencioso del niño que, desde el interior del traje, le dio alma y movimiento a un extraterrestre inolvidable.