¿Qué es la leucemia mieloide aguda?
La leucemia mieloide aguda es un tipo de cáncer que afecta la sangre y la médula ósea, el tejido esponjoso que se encuentra dentro de los huesos y donde se producen las células sanguíneas. Esta enfermedad se caracteriza por la multiplicación rápida y descontrolada de células inmaduras llamadas mieloblastos, que no cumplen funciones normales y desplazan a las células sanas. Como consecuencia, el organismo deja de producir en cantidad suficiente glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas, elementos esenciales para transportar oxígeno, defenderse de infecciones y controlar los sangrados.
El término “aguda” hace referencia a la velocidad con la que avanza la enfermedad. A diferencia de otras formas de leucemia más lentas, la leucemia mieloide aguda puede progresar en pocas semanas y provocar complicaciones graves si no se detecta y trata a tiempo. Por este motivo, se considera una urgencia médica que requiere atención inmediata.
¿Cómo se desarrolla la enfermedad?
La leucemia mieloide aguda se origina cuando una célula madre de la médula ósea sufre una alteración genética que modifica su comportamiento. En lugar de madurar y convertirse en una célula sanguínea funcional, esta célula alterada comienza a dividirse de manera descontrolada. Con el tiempo, las células anormales se acumulan en la médula ósea e invaden la sangre, impidiendo la producción normal de células sanas.
Este proceso provoca un desequilibrio general en el organismo. La falta de glóbulos rojos genera anemia y cansancio extremo, la disminución de plaquetas favorece los sangrados y la escasez de glóbulos blancos funcionales debilita las defensas, aumentando el riesgo de infecciones.
Causas y factores de riesgo
En la mayoría de los casos no es posible identificar una causa única de la leucemia mieloide aguda. La enfermedad aparece como resultado de mutaciones genéticas adquiridas a lo largo de la vida y no suele ser hereditaria. Sin embargo, existen ciertos factores que pueden aumentar el riesgo de desarrollarla.
Entre ellos se incluyen la exposición prolongada a radiación, el contacto con sustancias químicas tóxicas como el benceno, y tratamientos previos con quimioterapia o radioterapia por otros tipos de cáncer. También se observa una mayor incidencia en personas con algunos trastornos genéticos y en adultos mayores, aunque puede presentarse a cualquier edad. Aun así, muchas personas diagnosticadas no presentan antecedentes claros, lo que dificulta la prevención.
¿Cuáles son los síntomas más frecuentes?
Los síntomas de la leucemia mieloide aguda suelen aparecer de manera progresiva y pueden confundirse con los de una infección común. El cansancio intenso y persistente es uno de los signos más habituales, acompañado de palidez, debilidad y falta de aire ante esfuerzos mínimos. La fiebre recurrente y las infecciones frecuentes también son señales de alerta, ya que el sistema inmunológico se encuentra comprometido.
Otros síntomas frecuentes incluyen la aparición de hematomas sin golpes evidentes, sangrados nasales o de encías, pequeños puntos rojos en la piel, dolor en huesos y articulaciones, sudoración nocturna y pérdida de peso involuntaria. En algunos casos, también puede presentarse inflamación de ganglios, hígado o bazo. La combinación de varios de estos síntomas justifica una consulta médica urgente.
¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico de la leucemia mieloide aguda se basa en estudios de laboratorio que permiten analizar la sangre y la médula ósea. En los análisis de sangre suelen observarse alteraciones importantes en la cantidad y el aspecto de las células sanguíneas. Para confirmar el diagnóstico, se realiza una punción de médula ósea, que permite identificar la presencia de células inmaduras en exceso.
Además, se llevan a cabo estudios genéticos y moleculares que ayudan a clasificar la enfermedad en distintos subtipos. Esta clasificación es fundamental, ya que permite definir el tratamiento más adecuado y estimar el pronóstico. Algunos subtipos requieren abordajes específicos debido al mayor riesgo de complicaciones.
¿Cuáles son las opciones de tratamiento?
El tratamiento de la leucemia mieloide aguda debe iniciarse lo antes posible y suele ser intensivo. El objetivo inicial es lograr la remisión, es decir, eliminar la mayor cantidad posible de células cancerosas y permitir que la médula ósea vuelva a producir células normales. Para ello, se utilizan esquemas de quimioterapia administrados durante varias semanas, generalmente en un entorno hospitalario.
En determinados casos, especialmente cuando la enfermedad reaparece o presenta características de alto riesgo, puede indicarse un trasplante de células madre hematopoyéticas. Este procedimiento permite reemplazar la médula ósea dañada por células sanas, favoreciendo una recuperación más duradera. En los últimos años, también se han incorporado tratamientos más específicos que actúan sobre alteraciones genéticas concretas, lo que ha ampliado las alternativas terapéuticas.
Durante el tratamiento, es común que aparezcan complicaciones como infecciones o sangrados, debido a la disminución temporal de las defensas. Por ello, el acompañamiento médico y los controles constantes son esenciales para atravesar esta etapa de forma segura.
Pronóstico y seguimiento
El pronóstico de la leucemia mieloide aguda varía según múltiples factores, como la edad, el estado general de salud, el subtipo de la enfermedad y la respuesta al tratamiento inicial. En personas más jóvenes y con buena respuesta terapéutica, las probabilidades de remisión son mayores. Sin embargo, siempre existe el riesgo de recaída, especialmente durante los primeros años posteriores al tratamiento.
El seguimiento a largo plazo es una parte fundamental del proceso. Aun después de lograr la remisión, se requieren controles periódicos para detectar posibles recaídas de forma temprana y manejar los efectos secundarios del tratamiento. Con los avances actuales, muchas personas logran una mejor calidad de vida, aunque la enfermedad continúa siendo un desafío importante para pacientes y familias.
La leucemia mieloide aguda es una enfermedad compleja y de evolución rápida, pero el diagnóstico precoz y el tratamiento oportuno marcan una diferencia significativa en los resultados. La información clara y el seguimiento constante son claves para afrontar este proceso con mayores posibilidades de éxito.



