Quién es Robert Prevost, el agustino de alma latinoamericana que rompió un tabú para la Iglesia en Estados Unidos

Cuando el cardenal Robert Francis Prevost recibió el birrete rojo de manos del papa Francisco en septiembre de 2023, pocos imaginaban que apenas unos meses después ocuparía uno de los lugares más influyentes del planeta: el trono de Pedro. Aquel día, el arzobispo emérito de Chiclayo expresó con simpatía que extrañaba jugar al tenis, su deporte favorito, y que esperaba poder volver a las canchas. Sin embargo, con la responsabilidad que ahora ha recaído sobre sus hombros, difícilmente podrá retomar esa afición.

Prevost, nacido en Chicago y con ciudadanía peruana adquirida por su extensa labor pastoral en Perú, ha hecho historia al convertirse en el primer papa de nacionalidad estadounidense y el segundo originario del continente americano. Esta elección representa un cambio significativo en la Iglesia católica, que en sus 2000 años de historia nunca había contado con un pontífice del país más poderoso del mundo. León XIV, como ha elegido llamarse, rompe así con una tradición no escrita que parecía prohibir la llegada de un papa norteamericano al Vaticano.

Durante décadas, muchos creían que la elección de un estadounidense era imposible por la influencia política y económica que Estados Unidos ejerce en el mundo. Se temía que su elección pudiera comprometer la neutralidad del Vaticano o generar tensiones geopolíticas. Sin embargo, el perfil de Prevost, profundamente marcado por su experiencia latinoamericana, parece haber disipado esas dudas. En lugar de representar al poder norteamericano, ha sido visto como un puente entre culturas y sensibilidades, capaz de ofrecer una mirada pastoral más amplia y comprensiva.

La trayectoria de Prevost dentro de la Iglesia es extensa y diversa. Fue prior general de la Orden de San Agustín y, en 2014, fue nombrado obispo de Chiclayo por el papa Francisco. En esta diócesis del norte peruano desarrolló una labor cercana a las comunidades, ganándose el afecto de sus fieles. Su experiencia en América Latina le otorgó una sensibilidad particular hacia las realidades de las periferias, los migrantes y los sectores más vulnerables, características que lo alinearon profundamente con el estilo pastoral de Francisco.

Esa sintonía con el papa argentino se reforzó cuando, en 2023, Francisco lo designó como prefecto del Dicasterio para los Obispos, una de las oficinas más influyentes del Vaticano. Desde allí, Prevost tuvo la misión de seleccionar a los nuevos obispos del mundo entero, una tarea delicada que requiere discernimiento, criterio y visión eclesial. Su gestión buscó identificar pastores capaces de reflejar el espíritu reformista e inclusivo que Francisco promovía en la Iglesia.

Además de su rol en el Dicasterio, también fue nombrado presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, reforzando aún más su conexión con la región. A lo largo de su carrera, Prevost se destacó por su compromiso con los pobres, los migrantes y las comunidades indígenas, valores que lo acercaron a las prioridades del papado anterior.

El cónclave que lo eligió como sucesor de Francisco se celebró en un momento de tensiones internas dentro de la Iglesia. Los cardenales debían decidir si seguir el camino de renovación propuesto por Bergoglio o si retomar una línea más doctrinal y tradicional. En ese contexto, la figura de Prevost emergió como una opción de consenso: moderado, equilibrado y con capacidad para dialogar tanto con los sectores progresistas como con los más conservadores.

Según el medio especializado Reunión Digital, su perfil fue considerado ideal para actuar como un “muro de contención” frente a posturas extremas, tanto dentro como fuera del Vaticano. En particular, su visión sobre la migración y la justicia social lo diferencia de líderes políticos como Donald Trump, cuyas políticas migratorias fueron abiertamente criticadas por el papa Francisco. De hecho, Trump había manifestado simpatía por otro candidato, el cardenal Timothy Dolan, conocido por su postura conservadora y por ser uno de los críticos más duros de Bergoglio dentro de la jerarquía eclesiástica estadounidense.

La elección de Prevost podría significar un giro estratégico para la Iglesia en Estados Unidos, un país con más de 72 millones de católicos, lo que representa aproximadamente el 20% de su población. Al colocar a un estadounidense en el trono de Pedro, el Vaticano no solo rompe con una tradición histórica, sino que también gana una nueva plataforma de influencia en un mundo cada vez más polarizado y en crisis.

Medios como The Catholic Herald destacaron, antes del cónclave, que Prevost cumplía con tres requisitos clave para el nuevo liderazgo: era fiel a la doctrina, tenía capacidad diplomática para interactuar con los líderes políticos del mundo y contaba con experiencia para abordar la compleja situación financiera del Vaticano. El diario La Repubblica, por su parte, lo describió como “el menos estadounidense de los estadounidenses”, aludiendo a su humildad y moderación.

Prevost también ha manifestado su deseo de continuar el proceso de sinodalidad iniciado por Francisco, que promueve una Iglesia más participativa y abierta al diálogo con los laicos. “Estoy convencido de que todos tienen derecho y deber de expresarse dentro de la Iglesia”, afirmó su antiguo compañero de estudios, el reverendo Mark R. Francis, quien confía en que el nuevo papa impulse más espacios de escucha y consulta entre obispos, sacerdotes y fieles.

Tras la muerte de Francisco, Prevost declaró que aún quedaba mucho trabajo por hacer. “No podemos detenernos ni retroceder. Tenemos que preguntarnos cómo quiere el Espíritu Santo que sea la Iglesia hoy y mañana, porque el mundo en el que vivimos no es el mismo que hace una o dos décadas”, señaló en una entrevista. Con esa visión de futuro, León XIV parece dispuesto a asumir los desafíos de su tiempo.

El nuevo papa conoció a Jorge Bergoglio durante sus visitas a la Argentina en sus años como prior general de los agustinos. Recordó con afecto sus encuentros con el entonces arzobispo de Buenos Aires, que fueron tanto informales como institucionales. Esa relación, cultivada a lo largo de los años, fue clave para que el papa argentino depositara su confianza en él y lo integrara al núcleo más cercano de colaboradores en Roma.

Así, Robert Prevost no solo ha roto un tabú que pesaba sobre los cardenales estadounidenses, sino que se ha convertido en símbolo de una Iglesia que busca tender puentes entre culturas, continentes y sensibilidades. Su elección como León XIV inaugura una etapa cargada de expectativas, marcada por la necesidad de continuar un proceso de transformación sin perder el rumbo pastoral que caracterizó al pontificado de Francisco.