Un estudio documentó el impacto creciente del calor extremo en Sudamérica

El calor extremo dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en un problema global con efectos cada vez más visibles en la vida cotidiana. Un análisis reciente examinó las condiciones de “calor inhabitable” en distintas regiones del planeta y reveló que Sudamérica se encuentra entre las más afectadas. En varios puntos del continente, las temperaturas y la humedad ya limitan actividades básicas durante una parte significativa del año.

Desde mediados del siglo XX, la cantidad de horas en las que el calor impide realizar tareas normales ha aumentado de forma sostenida. Para la población joven, estas horas se han duplicado, mientras que para los adultos mayores el crecimiento ha sido aún más marcado. Este cambio no solo refleja el aumento de las temperaturas, sino también la intensificación de condiciones climáticas que afectan directamente la salud.

Para medir este fenómeno, se utilizó un modelo que calcula cuántas horas al año el cuerpo humano solo puede tolerar actividades mínimas, como permanecer sentado o acostado, antes de que el calor y la humedad representen un riesgo. Este indicador permite dimensionar de manera concreta cómo el clima impacta en la vida diaria más allá de los valores de temperatura.

En Sudamérica, el panorama es especialmente preocupante en la región amazónica y en zonas tropicales de baja altitud. Allí, los adultos mayores enfrentan entre 1.500 y 2.000 horas anuales en las que cualquier esfuerzo físico puede resultar peligroso. Para los jóvenes de entre 18 y 40 años, las áreas más cálidas del continente registran entre 20 y 30 horas al año en las que incluso permanecer en reposo puede implicar un riesgo para la salud.

Estas cifras se traducen en limitaciones concretas. En algunas regiones, las personas mayores no pueden realizar tareas cotidianas como limpiar, cocinar, trabajar la tierra o cuidar a otros durante largos períodos del año sin exponerse a un golpe de calor. Esto afecta tanto la calidad de vida como la autonomía de quienes viven en estos entornos.

Diferencias regionales y factores climáticos

El impacto del calor extremo no es uniforme en todo el continente. Mientras que las zonas tropicales húmedas concentran los niveles más altos de riesgo, en regiones más elevadas y secas, como la cordillera de los Andes, el problema es menos intenso. Sin embargo, incluso en estos lugares se observa una tendencia creciente hacia condiciones más extremas.

La combinación de altas temperaturas y elevada humedad es uno de los factores más determinantes. Cuando el aire contiene mucha humedad, el cuerpo humano pierde eficiencia para regular su temperatura a través del sudor, lo que incrementa el riesgo de sobrecalentamiento. Esta situación se agrava en áreas donde el acceso a sistemas de ventilación o refrigeración es limitado.

En países como Brasil, Paraguay y Bolivia, el fenómeno es particularmente visible, sobre todo en zonas rurales y comunidades con menos recursos. Allí, la exposición prolongada al calor extremo se combina con condiciones de vida que dificultan la adopción de medidas de protección adecuadas.

El año se acorta bajo el sol

Uno de los hallazgos más significativos es cómo el calor extremo reduce el tiempo disponible para realizar actividades cotidianas. En la práctica, esto implica que una parte del año queda “inhabilitada” para tareas que requieren esfuerzo físico o incluso movilidad básica.

En la Amazonía, muchos adultos mayores pasan hasta la mitad del año en condiciones que limitan severamente su actividad. En áreas urbanas, la situación también es compleja, especialmente en barrios con alta densidad poblacional, viviendas precarias y escasa ventilación. En estos entornos, las olas de calor tienen un impacto más intenso y prolongado.

A nivel general, el promedio de horas inhabitables para personas mayores en Sudamérica pasó de unas 600 anuales en 1950 a más de 900 en la actualidad. En zonas tropicales, esta cifra puede duplicarse, lo que evidencia la rapidez con la que el problema se ha intensificado en las últimas décadas.

La desigualdad como factor agravante

El impacto del calor extremo no afecta a todos por igual. Las personas con menos recursos, quienes viven en áreas rurales o trabajan al aire libre, son las más expuestas. La falta de infraestructura adecuada, como viviendas bien aisladas o acceso a sistemas de refrigeración, aumenta el riesgo.

Además, muchas de estas personas dependen de actividades físicas para su sustento, lo que dificulta evitar la exposición al calor. Esto genera un círculo complejo en el que las condiciones climáticas afectan tanto la salud como la economía de los hogares.

En algunas regiones, incluso los jóvenes enfrentan situaciones críticas durante ciertos períodos del año. Cuando el aire se vuelve inmóvil y la humedad aumenta, las condiciones pueden volverse peligrosas en cuestión de horas, afectando la capacidad de trabajar, estudiar o realizar tareas básicas.

Un límite cada vez más cercano

Durante los picos de calor, la única opción segura en muchos casos es reducir al mínimo la actividad. El modelo utilizado en el análisis muestra que, en varias zonas de Sudamérica, acciones cotidianas como caminar, cocinar o limpiar pueden representar un riesgo durante cientos o incluso miles de horas al año.

Si la tendencia actual continúa, los veranos serán más largos e intensos, y las limitaciones en la vida diaria se ampliarán. Esto no solo afecta a nivel individual, sino que también tiene implicancias sociales y económicas, al reducir la productividad y aumentar la demanda de servicios de salud.

El calor inhabitable se perfila así como uno de los desafíos más urgentes del presente. Sudamérica ya se encuentra entre las regiones más afectadas, y sin medidas que reduzcan el impacto del cambio climático y protejan a las poblaciones más vulnerables, millones de personas verán cómo su vida cotidiana se adapta cada vez más a las condiciones impuestas por el clima.